Muchos de los que estaban en el hospital eran chicos y chicas que venían de lugares oscuros y de zonas que no ves y muchos intentan ignorar. Chicos y chicas con pocos privilegios o casi ninguno. Algunos ni siquiera con el privilegio de un hogar o una familia. Algunos de la calle incluso porque sus casas eran un infierno en vida. Ali y Alex seguían en su propio apagón mental y emocional, mientras Juan estaba afuera contando muchas de sus historias de la calle, de cómo creció en una zona donde las pandillas era lo común y podías conseguir drogas. No sorprendía porque estos chicos estaban ahí. No venían de cunas de oro, ni siquiera de madera, nadie elige donde nacer o o donde sobrevivir. Del otro lado del salón de la televisión Diego contaba como a veces se quedaba con amigos en colchones en el piso. Sin casi nada o días sin comer y eso los llevaba a consumir drogas. Aparte de eso las maletas que llevaban de una infancia con traumas. Muchos sin una estructura familiar y a veces quienes la tenían en apariencia como Ali, hubiera sido mejor no tenerla. Cada quien trataba de hacer su propio apagón interno ya sea de manera permanente o constantemente para bloquear las realidades a su alrededor, un padre abusador, una madre psicótica llena de fanatismo religioso que pasaba sin ver a sus hijos o un abuelo alcohólico. Estos chicos vivían en un basurero humano pero ellos no eran basura, eran buenas personas que estaban tratando de sobrevivir el contexto social en el que les tocó nacer y vivir. Alex había pensado tantas veces irse del todo por su condición. El tomar pastillas todos los días y los efectos adversos eran lo peor. Vivir era lo peor, respirar dolía para todos. Pero en la sala de la televisión los veías por un momento contando historias de su barrio con risas, como si fuera algo externo a ellos, porque realmente era solo una parte de sus historias, no quienes eran, no quienes podían ser, eso no los definía, personas que a pesar de no tener casi nada se sentían por momentos fugaces felices como si lo tuvieran todo cuando tenían un plato de comida o una noche tranquila donde dormir. Una vez alguien me dijo que la persona más peligrosa es aquella que no tiene nada que perder, ellos prácticamente habían perdido todo pero no eran peligrosos, habían perdido tanto que habían perdido incluso el miedo.
Alicia con pastillas
La historia de una peculiar adolescente
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